Reformulando la ‘Nakba’: Entre el vicitimismo y la resistencia

El intelectual palestino Ramzy Barud hace un sutil y rico análisis de lo que significa la Nakba en la lucha palestina de liberación. Contra la narrativa israelí que quisiera que los palestinos no existieran como nación, la Nakba es fuente inagotable de identidad nacional y de promesa de libertad.

Una mujer palestina sostiene la llave de su casa de la que fue expulsada en 1948. Ahora exige su derecho al retorno en el 68º aniversario de la ‘Nakba’.

Ramzy Barud

En la política institucional, los libros de historia, la literatura y el imaginario colectivo de Israel, la Nakba palestina nunca ha existido. Si se reconociera el dolor y el sufrimiento de una nación, entonces tendría que ser reconocido, lógicamente, el pueblo mismo de esa nación. Y esto es algo que Israel no ha podido hacer.

De hecho, las infames declaraciones hechas por la que fuera primera ministra de Israel Golda Meir —“los palestinos no existen” y “no existe tal cosa como el pueblo palestino”— fueron mucho más peligrosas que un mero comentario racista que muchos pensaron que era, y con razón. Las declaraciones fueron realizadas dos años después de la Naksa, la derrota de los árabes en la guerra de 1967 y la subsiguiente ocupación militar de toda la Palestina histórica. Cuanto más territorio ocupaba ilegalmente Israel por medio de la guerra y más palestinos eran étnicamente limpiados de su tierra ancestral, más sentían los líderes israelíes la imperiosa necesidad de eliminar a los palestinos de los anales de la historia como un pueblo con identidad, cultura y derecho a la autodeterminación.

Si los palestinos existieran en la imaginación de los israelíes, nunca podría haber una justificación moral para la creación de Israel, nunca podría haber una narrativa israelí que fuera lo suficientemente potente como para celebrar el “milagroso” nacimiento de Israel que “hizo que floreciera el desierto”. Ese nacimiento manchado de sangre requería la destrucción de toda una nación, de un pueblo con una historia, lengua, cultura y memoria colectiva únicas. Por lo tanto, era absolutamente necesario que los palestinos desaparecieran para terminar con cualquier posible sentimiento de culpa, vergüenza o responsabilidad moral y legal de los israelíes por lo que sucedió a millones de personas desposeídas.

Si un problema no existe, no hay obligación alguna para solucionarlo; ni siquiera es importante hacerlo. Por consiguiente, la negación del pueblo palestino y de su patria era la única fórmula intelectual que permitiría a Israel sostener y promover sus mitos nacionales. No es sorprendente, así, que la lógica israelí fuera tan convincente para aquellas personas que, movidas por la necesidad política, el celo religioso o simplemente el autoengaño, sintieron la necesidad de celebrar el “milagro” israelí. Su nuevo mantra, como ha sido repetido hace unos pocos años por uno de los más oportunistas e ignorantes políticos norteamericanos, Newt Gingrich, era muy simple: “los palestinos son un pueblo inventado”.
Palestinos huyen de sus hogares durante la ‘Nakba’ de 1948. (Foto de archivo)
A pesar de la existencia en Israel de un incipiente movimiento que trata de desafiar la narrativa israelí, en la literatura hebrea el palestino es una “sombra muda”, como lo describió Elías Jury. Esa sombra es un reflejo de algo real, pero intangible; es muda, de modo que se puede hablar con ella, pero ella nunca responderá. Esa “sombra” palestina existe y no existe, al mismo tiempo.

Casi 70 años después de que los palestinos fueran exiliados de sus hogares, cuando se creó Israel en su propio territorio, y aunque su población no ha parado de crecer, siguen siendo “sombras mudas”, seres fortuitos situados detrás de un muro, multitudes que se reúnen pasivamente con sus pálidos rostros en los puestos militares de control, meros números y seres irreales enjaulados en cárceles israelíes.

Aunque los equivalentes seudointelectuales de Gingrich y los clones políticos de Golda Meir todavía dominan la mayoría de las plataformas que se ocupan de Palestina y siguen destilando odio y distorsiones históricas, están haciendo pocos progresos. La lucha de los palestinos por sus derechos a través de los años les ha resucitado una y otra vez como nación, a pesar de todos los intentos israelíes para tergiversar su narrativa nacional. Como en la dialéctica de René Descartes, “pienso, luego existo”, la existencia palestina no depende simplemente del mero pensamiento, sino también de la acción, es decir, de la resistencia. La resistencia no es aquí una referencia casual a algún combate en algún campo de batalla, sino a la resistencia contra la desaparición de una nación, una nación con una elaborada y arraigada cultura que ha mantenido su identidad a pesar de las reiteradas guerras, invasiones, aventuras coloniales y ocupación militar. Aunque la cultura palestina está íntimamente conectada con el islam, la cristiandad y el espacio cultural árabe más amplio, estas relaciones complementan, pero no reemplazan, la inimitable experiencia palestina.
Más de un millón de palestinos fueron desplazados en 1948.
La buena noticia es que, hasta ahora, Israel ha fracasado. No solo no ha conseguido borrar o pervertir la identidad palestina, sino que ahora está tratando de recuperar la narrativa palestina. Términos como Nakba judía” se han vuelto omnipresentes, en referencia a la supuesta limpieza étnica de los árabes judíos en sus países durante la guerra de 1948.

Aunque el intento de reescribir la historia es, en el mejor de los casos, falso, es una muestra de la existencia de signos crecientes de derrota del discurso israelí. El término Nakba ha demostrado ser una referencia muy poderosa a los orígenes de Israel, que se creó mediante un intento genocida y un completo desprecio hacia la otra nación.

A pesar de todo, la Nakba debe ser un proceso continuo de reevaluación y, si fuera necesario, redefinición. La Nakba no es simplemente un hecho histórico, sino una realidad actual que está afectando a varias generaciones de palestinos. No es una celebración victimista, sino una expresión de la resistencia en marcha. No es un “evento” asignado a un contexto y un análisis político específico, sino un estado del espíritu: la relación indestructible del pueblo palestino con su pasado, su presente y su futuro.

No, los palestinos no deben ser definidos eternamente por la Nakba. Una vez que alcancemos la justicia y la libertad, la Nakba debe adquirir un significado diferente, jugar un papel apropiado en la memoria colectiva de la nación árabe palestina. “Después de que haya terminado la lucha, no solo habrá desaparecido el colonialismo, sino también el colonizado”, escribió Frantz Fanon. Sin embargo, por ahora, la Nakba debe seguir viva, no solo como un reconocimiento de la brutalidad del colonialismo, sino también como el orgullo, la dignidad y la resistencia del colonizado.



Ramzy Barud es periodista, autor de varios libros y fundador de PalestineChronicle.com. Sus libros más conocidos son Searching Jenin, The Second Palestinian Intifada y el último, My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Story. Su sitio web es www.ramzybaroud.net.

Fuente: Recasting the Nakba: Palestinian struggle between victimhood and resistance, Middle East Monitor, 15/05/2017

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)